Hicimos un buen equipo. Y lo seguimos haciendo.

Nos conocemos desde hace tiempo. Nosotros los mexicanos y los estadounidenses. Mis antepasados tenían siglos y siglos de vivir aquí, en este continente, cuando los gringos llegaron a estos lares. Mis ancestros, es importante decirlo, formaban parte de civilizaciones milenarias que desgraciadamente acabaron siendo conquistadas por los españoles. Los peregrinos por su parte, llegaron del viejo continente y son ahora los antepasados más destacados de la América estadounidense, ya que acabaron con la mayoría de los nativos que ya se encontraban aquí.

     Los peregrinos, quienes se establecieron en Norteamérica hace unos cuatrocientos años, eran gente pionera, casi todos en busca de libertad religiosa y de un hogar en tierras vírgenes. Pero se trataba también de gente no muy buena. Mientras ellos se encontraban ocupados dirigiendo sus colonias, luchando contra los nativos y aprendiendo a sobrevivir en un lugar precario, mis antepasados precoloniales, les cuento, tuvieron otra suerte. De repente se convirtieron en un pueblo conquistado, esclavizado por gobernantes codiciosos y atroces que llegaron de España y que extrajeron hasta la última gota de riqueza escondida en el seno de nuestra tierra.

     A esos antepasados míos se les mantuvo dóciles e incultos, sin acceso a la educación ni a las prácticas que pudieran conducirles, con el tiempo, al autogobierno. Mientras los estadounidenses luchaban contra la Corona inglesa, declaraban la independencia y buscaban justicia para todos, los mexicanos seguían siendo siervos de los conquistadores y de sus descendientes.

     No cambió gran cosa todo después de que México declarara su propia autonomía en el año de mil ochocientos diez. Porque la nueva nación siguió estando gobernada por la misma gente. Seguían siendo los españoles, del tipo criollo, quienes gobernaban a ese nuevo país. Pasamos de lo mismo a lo mismo. Los estadounidenses, por su parte, trabajaban en la construcción de una nación grande y poderosa. Miraban hacia el sur, pero también hacia el oeste, en busca de nuevos territorios que someter y controlar. Impulsados por creencias expansionistas, acabaron yendo tras esas tierras codiciadas. Gran parte de ellas eran mexicanas.

     Esa fiebre por la tierra no fue bueno para México ni para las relaciones entre los pueblos de ambos países. Ha sido una lucha desde entonces. También es algo irónico.

     Permitimos que los estadounidenses vivieran en lo que entonces era la provincia de Texas, para trabajar allí y criar a sus familias en esas tierras. Pero al final hicieron suyo ese lugar. Después de que les enseñamos el negocio del ganado y les dimos consejos sobre cómo sobrevivir en los pastos abiertos. Y que les mostramos cómo cocinar la comida bajo tierra para que durara más tiempo. Lo que nosotros llamábamos barbacoa. No podían pronunciar esa palabra, así que ellos la llamaron barbeque.

     Acá entre nos, los estadounidenses nos pidieron prestadas un montón de palabras de nuestro lenguaje, como rodeo, reata, lazo, juzgado, desesperado y vaquero. Eventualmente cambiaron la ortografía de la mayoría de ellas. Algunas palabras se convirtieron en lasso, hoosegow y desperado. Vaquero se convirtió en cowboy.

     Debió de ser divertido trabajar juntos, domesticando el oeste. Creo que formábamos un equipo bastante bueno.

     Pero entonces los estadounidenses se volvieron codiciosos. Y decidieron apoderarse de la provincia de Texas y lucharon al lado del gobierno de los Estados Unidos para conseguirlo. Sin embargo, no se detuvieron ahí; unos años más tarde, y con la ayuda de otros estadounidenses también ávidos de tierras, se lanzaron a conquistar otros lugares del oeste. Era el destino manifiesto, decían, una llamada divina, para expandir las fronteras de Estados Unidos de costa a costa.

     Finalmente, Estados Unidos invadió México y se quedó con una gran parte de su territorio, en 1848, tras ganar esa guerra. Mis antepasados vivían ahora en ambos lados de la frontera. Algo así como sucede hoy en día. Los que estaban en el lado estadounidense desde antes se convirtieron en personas de segunda clase, hombres y mujeres sin una nación a la que podían llamar propia. Gente en el limbo. La mayoría de ellos también perdieron sus bienes inmuebles y, básicamente, ya no tenían derechos legales, aunque la ciudadanía y la protección de la ley estadounidense habían sido garantizadas por el pacto que puso fin a la guerra entre Estados Unidos y México: el Tratado de Guadalupe-Hidalgo. Eran ahora residentes ilegales en su propia tierra. Imagínense.

     Hay mucho más que contar sobre cómo los mexicanos y los estadounidenses llegamos a conocernos muy bien, especialmente durante ese pasado turbulento, el cual no acabó como se había esperado. Eso sí, llegamos a conocernos de verdad, vale la pena repetirlo. Los invitamos a nuestras casas, a nuestra tierra, a un lugar llamado Tejas, y al final nos apuñalaron por la espalda.

     ¿Vale la pena seguir llorando por lo que ya pasó? No. Debemos dejar el pasado en el pasado. Al fin y al cabo, y con el paso de los años, hemos aprendido a seguir trabajando juntos. Más o menos. Digo yo. Así como lo hicimos antes, en Texas, aunque ahora laboremos en cosas diferentes. Y a menudo haciendo las cosas que los locales ya no quieren hacer. La lista es larga.

     Pero se trata de un tipo de trabajo en equipo que a la hora de la hora no todo el mundo entiende del todo. Especialmente la gente fanática que sigue bebiendo el Kool-Aid de MAGA y apoyando ciegamente las acciones de la actual administración. Un organismo gubernamental podrido que sigue sembrando el miedo y dividiendo al país con sus prácticas de secta.

     Un organismo gubernamental totalmente corrupto y con la rienda suelta, el cual está convirtiendo nuestra otrora gran nación en una república bananera.

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