Sobre mí

Pedro Chávez Columnista

Solo unas breves palabras sobre mí. Al fin y al cabo, si voy a escribir columnas de opinión y otros comentarios en este sitio cibernético, tienen que saber quién soy. Aunque no soy de esos, de los que se jactan de sí mismos, a veces hay que decir las cosas, no porque uno se crea mucho, sino para que los lectores lo entiendan mejor a uno.

     Además, tengo otras razones por lo cual hacerlo. Aquí les va.

IMAGEN: De un servidor, Pedro Chávez, creada usando una foto de principios de los años 2010. Acuarela creada con la ayuda de IA.

     En caso de que les interese saberlo, cuando yo estaba chamaco, hace ya mucho, mucho tiempo, los principales pobladores de estas tierras gringas nos subestimaban, a nosotros, a las gentes de origen mexicano. Generalmente no esperaban mucho de nosotros.

     Sin embargo, yo sí esperaba mucho de mí mismo y nunca me preocupé por lo que los demás creyeran que podía o no podía hacer. Y fue gracias a esa mentalidad personal que encontré el triunfo en más de una ocasión.

     Una experiencia personal imborrable relacionada con esa tontería de las bajas expectativas tuvo lugar en la escuela de navegación, en la base aérea de Mather y en la Clase 72-19. Después de ver las notas del primer examen de vuelo trimestral en una lista que acababan de poner en la pared del aula, dos de mis compañeros me señalaron con el dedo y dijeron:

     «¿Tú?»

     Yo solo sonreí. Ya había visto la lista, en la que constaba que yo había obtenido la calificación más alta en el examen de vuelo de nuestro grupo. Mi puntuación fue de 98.303 sobre 100, para ser exacto. Un estudiante de otro grupo había obtenido una puntuación más alta. Sin embargo, al final de ese curso de navegación, y después de cuatro exámenes de vuelo, fui yo quien obtuvo el porcentaje más alto en esa clase, la cual estaba dividida en cuatro grupos. El día de la graduación de la Clase 72-19, me concedieron el Premio Husik a la Excelencia en el Vuelo.

     «¡Sí, yo!»

     Por cierto, yo era la única persona de color entre los 67 alumnos de esa clase. Así era en aquellos tiempos, no esperaban mucho de nosotros, pero tampoco nos incluían en ciertas oportunidades y entrenamientos.

     A decir verdad, tenía una gran ventaja sobre algunos de los otros alumnos de la clase. Esa fue, principalmente, la razón por la que gané ese premio. No fue porque me esforzara mucho por no cometer errores al calcular posiciones de navegación precisas ni porque siempre revisara dos veces cada cálculo. Tenía que ver con que se me dan bien los números; a la mayoría de los mexicanos se nos dan bien. Lo llevamos en la sangre. Esa fue mi gran ventaja. Lo digo en broma, solo me estaba divirtiendo.

     Ahora, volviendo a mi breve biografía. He estado involucrado en la industria editorial hispana desde 1980, año en que fundé un periódico semanal bilingüe titulado Portavoz en Stockton, California. Un ejemplar de la edición del Cinco de Mayo de esa publicación fue seleccionado como uno de los objetos que se incluirían en una cápsula del tiempo de 1980, que sigue enterrada bajo el edificio anexo del condado de San Joaquín en Stockton. Me han dicho que la desenterrarán en el año 2030.

     Nací en México, en Mexicali, una ciudad fronteriza junto a Calexico, California. Emigré a Estados Unidos en 1962, a la edad de dieciséis años. Tres años más tarde me alisté en la Fuerza Aérea de EE. UU. La alternativa era alistarse voluntariamente en una de las ramas del ejército o ser reclutado. Es curioso, aunque solo era residente permanente, aun así tuve que inscribirme en el draft del servicio militar. En aquella época trabajaba y estudiaba en la universidad, por lo cual tenía la oportunidad de zafarme del draft por algunos años si solicitaba un aplazamiento. Pero no lo hice.

     Debo reconocer que me fue bien en la Fuerza Aérea. Aunque al principio el sueldo no era mucho, 76 dólares al mes, más comida y una litera en una de las barracas, el alistarme me dio la oportunidad de continuar mi educación. Al igual que otros compañeros, aproveché la oferta, que incluía una ayuda parcial para la matrícula, y cursé asignaturas universitarias por las noches y los sábados. La Fuerza Aérea fue tan buena que decidí reengancharme. No. Lo digo en broma. Lo hice para terminar mi carrera.

     Tras seis años de servicio como soldado, me convertí en oficial, una vez que obtuve el título universitario, que me aceptaron en la escuela de oficiales (OTS) y completé esa formación.

     Una vez más, demostré que los escépticos se equivocaban. Además del éxito mencionado anteriormente, el que tuve en la escuela de navegación, acabé obteniendo el honor de Graduado Distinguido en la OTS. Por cierto, fui uno de los dos únicos alumnos con apellido hispano, de entre 403 estudiantes de la promoción 72-01. Tengo un recorte de periódico que lo demuestra. También gané el premio WSO Top Gun en la base aérea George, por la precisión en bombardeos nucleares, mientras aprendía a desempeñar funciones de vuelo en el asiento trasero del F-4, el Phantom II, un avión supersónico. Una vez más, fui el único cadete de ascendencia hispana, o persona de color, en ese grupo de entrenamiento, en la promoción 73DRG.

     ¿Por qué sigo sacando a relucir la ascendencia mexicana o hispana como parte de esta conversación? Porque importa. Y porque los tiempos han cambiado un poco. Creo.

     Tras doce años de servicio, dejé la Fuerza Aérea con el rango de capitán, en octubre de 1977. Antes de dejarla, también conseguí mi máster.

     Para aquellos que les interese, tengo una licenciatura de la Universidad Estatal de Florida (1970) y un máster en Administración de Empresas de la Universidad de Utah (1977). Mi enfoque: los negocios, la historia y la política.

IMÁGENES EN BLANCO Y NEGRO: Son desde hace ya rato, cuando volaba con la Fuerza Aérea en los años setenta.

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