Ya abrimos los ojos, César

¿Te acuerdas, César, cuando solías decirnos en español, después de las marchas, que nos mantuviéramos unidos y fuéramos pacíficamente a la casa del ranchero para pedirle un aumento de sueldo y mejores condiciones laborales?

     También, que entráramos en su oficina y nos sentáramos en el suelo hasta que accediera a hablar con nosotros y discutir nuestras quejas. Y que si nos echaban de su casa, que volviéramos pacíficamente, todos, e intentáramos hablar con él de nuevo, tantas veces como fuera necesario hasta que accediera a escucharnos.

     Sé que recuerdas lo que nos dijiste, César. Ese fue el mensaje que repetiste una y otra vez durante las protestas del movimiento de trabajadores agrícolas en el Valle Central. Recuerdo bien tus palabras.

     ¿Recuerdas también una historia que solías contarnos, durante esas reuniones, sobre un niño, el hijo de un trabajador agrícola, que vendía sus cachorros de apenas unos días de vida a las afueras de un campo en algún lugar del valle de San Joaquín? Era una anécdota muy inspiradora, sobre alguien muy joven que ya sabía negociar y sacarle partido al valor de su producto. ¿Recuerdas esa historia, César?

     Estoy seguro de que sí la recuerdas. Ya sabes, la del ranchero que se detuvo en un cruce justo antes de llegar a sus tierras, en donde ese niño vendía sus cachorros.

     El ranchero no estaba realmente interesado en comprar nada, según contaste; se bajó de su camioneta solo para echar un vistazo y ver qué vendía el niño. Pronto se fijó, según tú, en los cachorros, que se encontraban dentro de una gran caja, y también en un cartel cercano que decía: «Cachorros, 1 dólar cada uno».

     Nunca he olvidado esa historia, César. Tenía un gran mensaje. Pero, por si acaso tú —y otros— la han olvidado, aquí te muestro el resto de esa inspiradora anécdota, intentando citar las palabras exactas que usaste, aunque te advierto de antemano que podría haber algunas inconsistencias. Con el paso del tiempo, es difícil recordar tus palabras exactas.

     «Dos semanas después de haber visto a los cachorros por primera vez», nos contabas, «el ranchero volvió a parar en el mismo cruce, tras darse cuenta de que al niño aún le quedaban perritos a la venta. Estacionó su camioneta, salió y saludó al niño».

     Una vez cerca de la caja en donde tenía los cachorros, el ranchero se dio cuenta de que el precio había cambiado, agregabas.

     Costaban ahora cinco dólares cada uno, según un nuevo cartel.

     «Los cachorros antes solo costaban un dólar», le dijo el hombre al niño, según lo que nos dijiste.

     «Hoy los vendes a cinco dólares; ¿cómo puedes justificar un aumento de precio tan drástico?».

     «Es porque los cachorros ya abrieron los ojos, señor», respondió el niño.

     Esa fue una historia inspiradora, César, lo repito. Por supuesto, la contaste en español. Lo recuerdo muy bien.

     Nosotros también ya abrimos los ojos, César. Ahora sabemos de tus malas acciones, de los delitos que cometiste y de cómo abusaste sexualmente de niñas y de otras mujeres. Algunas eran las hijas de las personas que creyeron en ti y en el movimiento, y que marcharon contigo y con otros líderes sindicales.

     Abusaste de muchas mujeres, César, según pruebas fiables. ¿Por qué?

     Yo sé por qué. El culto al poder se apoderó de ti.

     Me cuesta mucho, te digo, asimilar un giro tan doloroso sobre el legado de César Chávez, que en su día fuera tan respetado. Pero es lo que es, debo admitirlo. El trágico final, sin embargo, duele mucho, profundamente. Al igual que Ícaro, caíste del cielo. Él se acercó demasiado al sol; tú, a mujeres menores de edad y a otras víctimas de tus actos delictivos.

     Lo entiendo, te acusan de delitos que supuestamente tuvieron lugar hace más de tres décadas y que tú ya no estás aquí para defenderte. Las pruebas corroborativas, sin embargo, validan las acusaciones ante nuestros ojos, que ahora están bien abiertos.

     «Ya abrimos los ojos, César».

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